Podría decirse que en 2018 estamos inmersos en la era de las telecomunicaciones. Nada parece importar tanto a muchos ciudadanos de a pié como tener un smartphone (teléfono inteligente) y acceso a las redes globales de intercambio de datos. Resulta sorprendente, para aquellos que venimos del siglo XX, la enorme facilidad que existe en la actualidad para interaccionar y compartir todo tipo de conocimientos, recuerdos, opiniones y emociones con personas conocidas o desconocidas que pueden estar cerca o muy lejos, sin que suponga ninguna complicación adicional que la separación física sea de miles de kilómetros. Esta facilidad, unida a la naturaleza eminentemente social del ser humano, están llevando a que de manera creciente y alarmante, internet y las plataformas que tienen como principal finalidad facilitar la comunicación entre usuarios, esto es, las redes sociales (llámense Facebook, Twitter o Instagram), absorban una parte importante del tiempo de muchos ciudadanos, tiempo que por su naturaleza finita y por su estructuración en ciclos vigilia-sueño, debe detraerse de horas de descanso o de otras actividades fundamentales como la laboral o la doméstica (cuidar de los hijos, hacer la compra, organizar el hogar, etc). Una de las particularidades de dedicar muchas horas a estas nuevas formas de comunicación es la escasa actividad física que ello conlleva, lo que ha disparado las tasas de sedentarismo en la población.

Pero los avances en telecomunicaciones no son los únicos que causan sedentarismo y, de manera más discreta pero complementariamente, la vida del ciudadano de los países denominados “desarrollados” ha ido haciéndose progresivamente más fácil. Así, el número creciente de “artilugios” para realizar las tareas del hogar o las tareas laborales y la mejora en las comunicaciones y el transporte han llevado también a disminuir la actividad física de las personas; resulta curioso ver a muchos jóvenes desplazarse por la ciudad en patinetes eléctricos y artefactos similares, …


Por otro lado, la tecnología también ha propiciado grandes avances en el desarrollo de la industria alimentaria, que ha pasado de vender mayoritariamente las materias primas, ya sean frescas, en conserva o congeladas a ofrecer todo tipo de alimentos ya listos o casi listos para consumir, los llamados precocinados. Este modo actual de alimentarse sin duda ahorra tiempo al ciudadano, tiempo que puede emplear en otras tareas como la interacción social a través de las nuevas tecnologías, pero lo hacen a un precio excesivo para la salud, el de poner en manos de terceros la calidad y tipo de ingredientes que forman parte de la comida que ingerimos. Lamentablemente, no parece probable que la industria alimentaria, que como cualquier otro tipo de industria necesita un balance de cuentas positivo para mantenerse “viva”, y que está sujeta a una feroz competencia interna, dedique a la selección de los ingredientes y a la preparación de estos alimentos precocinados más cuidado y esfuerzo del que reglamentariamente le es exigido por los organismos reguladores. Por tanto, no es esperable que utilicen materias primas de calidad, ni procesos de cocinado en los que primen la salud o la conservación de las propiedades saludables de los alimentos. A esto se suma el auge y desarrollo de las cadenas de comida rápida (y muy barata, por cierto). En conjunto, ambos factores han contribuido notablemente a deteriorar la calidad de lo que comemos.

De todo lo expuesto anteriormente se puede concluir que vivimos una época de poca actividad física y alimentación inadecuada. Y es esperable que ello lleve a engordar, pero también lleva a enfermar. Mientras que a mediados del siglo pasado a alguien “gordito” podía considerársele más sano que a uno delgado (usualmente desnutrido por la falta de recursos), actualmente el delgado no suele estar desnutrido mientras que la persona con sobrepeso u obesidad tiene mucho mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares y diabetes de tipo 2 (también denominada diabetes del adulto, por su inicio tardío). De hecho, la obesidad está considerada el principal factor de riesgo para el desarrollo de este tipo de enfermedades. En concreto, la diabetes, que se caracteriza por hiperglucemia, debida a una combinación de resistencia a la acción de la insulina que produce el propio cuerpo y a una deficiencia en los niveles en sangre de esta hormona, es una enfermedad crónica que, según datos de la OMS, ha pasado de padecerla 108 millones de personas en 1980 a 422 millones en 2014, correspondiendo la mayoría de ellos (más del 90%) a la tipo 2. En España, según datos del estudio Di@bet.es, coordinado desde Málaga y que incluía a más de 5000 personas de todo el territorio nacional, la prevalencia de diabetes en 2010 se estimó en el 13.8% de la población, siendo casi la mitad de los casos ignorada por los sujetos que la padecían. Lamentablemente, la hiperglucemia, o valores anormalmente altos de glucosa en sangre, cuando se mantiene en el tiempo y no es tratada, es una causa común de ceguera, insuficiencia renal, infarto de miocardio, accidente cerebrovascular y amputación de los miembros inferiores. Todas estas complicaciones suponen además un coste enorme para los sistemas sanitarios que, no lo olvidemos, costeamos todos los ciudadanos con nuestros impuestos.

Por todo ello, existe consenso internacional sobre la utilidad y conveniencia de las estrategias de prevención de la diabetes. Se ha demostrado que medidas simples relacionadas con el estilo de vida son eficaces para prevenir la diabetes de tipo 2 o retrasar su aparición. Según la OMS, alcanzar y mantener un peso corporal saludable, mantenerse activo físicamente (al menos 30 minutos de actividad regular de intensidad moderada la mayoría de los días de la semana), consumir una dieta saludable que evite el azúcar y las grasas saturadas, y evitar el consumo de tabaco son medidas útiles para prevenir la diabetes de tipo 2. Incluso se ha publicado recientemente un estudio que demuestra que la pérdida de peso puede revertir la diabetes ya diagnosticada si lleva menos de tres años de evolución. Por tanto, la prevención es fundamental.

Por otro lado, es muy importante detectar la diabetes lo antes posible, ya que se trata de una enfermedad “silenciosa” que cuando se manifiesta puede ya estar en un estado difícil de revertir y suele ya llevar aparejada alguna complicación. Es por esto que parte del esfuerzo de las políticas sanitarias actuales está encaminado a detectar los estadios anteriores a la diabetes, denominados prediabetes o hiperglucemia intermedia. Mientras que la OMS y algunos especialistas prefieren evitar la palabra prediabetes, dado que no todos los sujetos con estas alteraciones en la glucosa sanguínea desarrollarán diabetes tipo 2, lo cierto es que la palabra prediabetes es más intuitiva para el ciudadano de a pie que el término “hiperglucemia intermedia”, e incluso puede ser más motivadora con vistas a tomarse en serio la necesidad de actuar. Por tanto, hablemos, al menos aquí, de “prediabetes”.

Pero, ¿qué es la prediabetes? La prediabetes no corresponde de forma clara a una entidad clínica, sino que indica un mayor riesgo de desarrollar diabetes en el futuro. Se habla de persona con prediabetes cuando hay una alteración en los niveles de glucosa en sangre en condiciones de ayunas (valores entre 110 y 125 mg/dl), cuando en un test de tolerancia oral a glucosa los valores de glucemia dos horas después del test están entre 140 y 199 mg/dl, o cuando los valores de hemoglobina glicosilada (una medida de la cantidad de glucosa que hay en sangre unida a la hemoglobina) están entre el 5.7 y el 6.4%. Estas diferentes maneras de catalogar la prediabetes no son totalmente equivalentes en términos de riesgo para desarrollar diabetes, ni en los mecanismos fisiológicos que están alterados. De hecho, las personas que solo presentan intolerancia a glucosa parecen tener un riesgo ligeramente superior al de las personas que solo tienen alteración de la glucemia en ayunas, mientras que aquellos que presentan simultáneamente ambas alteraciones tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar diabetes. El principal mecanismo fisiológico relacionado con la intolerancia a la glucosa es un aumento de la resistencia a la acción de la insulina, principalmente por parte del tejido muscular, mientras que el mecanismo que lleva a la alteración de la glucemia en ayunas es una menor secreción de insulina y un aumento de la resistencia a la acción de esta en el hígado, lo que lleva a que el hígado produzca glucosa que pasa al torrente sanguíneo.

Si anteriormente comentábamos que la prevalencia de diabetes se ha estimado en España en el 13.8% de la población (incluyendo un 6% de personas que tienen diabetes sin saberlo), la de prediabetes supone el 14.8%. Esto indica que en 2010 aproximadamente uno de cada cuatro ciudadanos españoles tenía diabetes o prediabetes. Además, se ha estimado que hasta casi un 70% de las personas con prediabetes acabarán desarrollando diabetes si no toman ninguna medida correctora. Estudios del desarrollo a corto plazo, a 3-5 años, indican que el 25% de los individuos desarrollan prediabetes, el 50% se mantienen con prediabetes y el otro 25% retornan a un estado normal.

Actualmente ningún fármaco incluye en su ficha técnica la indicación de prevención de la diabetes. Las personas con prediabetes son tratadas con intervenciones basadas en promover un estilo de vida más saludable, como cambios dietéticos y ejercicio que lleven a la pérdida de peso. De hecho, hay estudios que estiman que una pérdida de peso del 7% y 150 minutos de ejercicio a la semana son suficientes para normalizar las alteraciones de la regulación de la glucosa presente en las personas con prediabetes. Curiosamente, estas medidas aparentemente tan sencillas resultan muy complicadas de poner en práctica para muchas personas, porque suponen el cambio de hábitos en su vida diaria.

Hablando de cambios dietéticos y ejercicio, es conveniente enfatizar que el papel de la dieta está cobrando en los últimos años un protagonismo central. El conocido dicho de “lo que no mata, engorda”, que restaba importancia al consumo de alimentos de dudosa calidad, está siendo rebatido científicamente con evidencias contundentes. La conocida como dieta Mediterránea, caracterizada por un alto contenido de frutas, verduras, cereales integrales, legumbres y aceite de oliva, está demostrando un alto poder para prevenir las enfermedades cardiovasculares y para mejorar todos los parámetros que se asocian a estas enfermedades y a complicaciones asociadas. Así, el estudio PREDIMED, coordinado desde España y publicado en 2013, demostró que la dieta Mediterránea era capaz por sí sola de reducir la incidencia de eventos cardiovasculares mayores (o sea, los infartos de miocardio, los accidentes cerebro-vasculares y otras muertes por causa cardiovascular); asimismo, un número ingente de estudios posteriores han aportando evidencias científicas sobre las bondades de la dieta Mediterránea, lo cual ha llevado a que esta dieta esté “de moda” a nivel internacional. Paradójicamente, mientras los seguidores de esta dieta se incrementan de manera exponencial en Estados Unidos, la población Mediterránea sucumbe al empuje de la bien denominada “comida basura”. De interés para el tema principal de este artículo, la dieta Mediterránea también se ha mostrado útil para mejorar la glucemia y la resistencia a la insulina en personas con prediabetes y diabetes.

A pesar de la importancia de todos y cada uno de los componentes de la dieta Mediterránea, y de la importancia de que estén todos presentes para actuar sinérgicamente, hay uno que es central y destaca por encima de los demás: el aceite de oliva. Es un componente imprescindible para cocinar, pero también se consume ampliamente en crudo. Dada su relevancia en la gastronomía española, el aceite de oliva ha constituido tradicionalmente la fuente principal de lípidos para el organismo, aunque no es la única, ya que multitud de alimentos como la carne y los lácteos contienen diferentes tipos de lípidos de origen animal, los cuales pueden denominarse grasas dado que no son líquidos a temperatura ambiente.

Todas las células de nuestro cuerpo necesitan de un recambio constante de lípidos, ya que están rodeadas de una cubierta lipídica, pero además los lípidos juegan importantes papeles como moléculas mediadoras y moduladoras de los procesos biológicos que tienen lugar en el organismo. Por tanto, los lípidos son tan necesarios para el funcionamiento del cuerpo humano como los hidratos de carbono o las proteínas, constituyendo además la reserva energética del organismo en el tejido adiposo, la cual es necesaria en determinadas circunstancias. Sin embargo, el aceite, de cualquier tipo, ha sido demonizado en un pasado no muy lejano. Su elevado aporte calórico lo ha marcado como un componente de la dieta peligroso y causante de obesidad, llevando a veces a un excesivo empeño por eliminarlo de la dieta o limitar su consumo. En este contexto, es interesante hacerse eco de nuevo de los resultados del estudio PREDIMED, donde se vio que, sin necesidad de aplicar restricción calórica, el cambio a un tipo de dieta, la Mediterránea, donde la fuente principal de lípidos es el aceite de oliva, llevó a pérdidas significativas de peso.

Aparte de ser conscientes de la importancia de los lípidos en la dieta, y por tanto del consumo de aceite, es conveniente tener claro que no todos los aceites son iguales. Estos están constituidos por una mezcla de diferentes tipos de moléculas, pero los denominados “triglicéridos” constituyen hasta un 95% del total. Los triglicéridos son uniones de tres ácidos grasos, de ahí el prefijo “tri”, pudiendo ser los tres iguales o de diferentes tipos. Hay dos grupos fundamentales de ácidos grasos, los saturados y los insaturados, existiendo multitud de especies de cada uno de ellos. Mientras que el consumo abundante de triglicéridos con ácidos grasos saturados provoca efectos perjudiciales en el organismo, incrementando en sangre los niveles del denominado “colesterol malo” o LDL, que favorece la formación de placas ateroscleróticas y la inflamación, los insaturados reducen los niveles de LDL, y algunos tipos de estos, como el ácido oléico (que constituye el 75% de los ácidos grasos que tienen los triglicéridos del aceite de oliva), incluso incrementan los niveles del denominado “colesterol bueno” o HDL. Cada tipo de aceite tiene una composición “típica” de ácidos grasos en sus triglicéridos. En consecuencia, el tipo de aceite que se consume va a determinar en gran medida el tipo de ácido graso mayoritario que se ingiere, con las correspondientes consecuencias sobre la salud.

En la cuenca Mediterránea el aceite tradicionalmente usado para cocinar y consumir a nivel doméstico es el aceite de oliva, pero este aceite no es el más barato, ni siquiera cuando se opta por el refinado, y por tanto no es el elegido por la industria alimentaria o las cadenas de comida rápida para preparar sus productos (muy a menudo ni siquiera por la hostelería y restauración convencionales). Esto es algo importante a tener en cuenta: comer fuera de casa o abusar de la comida precocinada lleva, sin ser plenamente consciente de ello, a la ingesta de abundantes cantidades de aceites distintos al de oliva, como el aceite de palma, el cual está compuesto hasta en un 50% por ácidos grasos saturados que, como se ha comentado anteriormente, no son precisamente los más sanos.

Además, incluso cuando hablamos de aceite de oliva, hay que decir que no todos son iguales, solo el Virgen y Virgen Extra son un verdadero “zumo de aceitunas”. Y como tal, aparte de sus saludables 75% de ácido oleico, contienen vitamina E y polifenoles, los cuales contribuyen de manera importante a sus propiedades beneficiosas para la salud. En este contexto, es importante comentar algo sobre el aceite refinado de oliva, que es el que comúnmente se vende en los supermercados bajo el nombre genérico de “aceite de oliva” sin más. Estos aceites contienen como ácido graso primordial el saludable ácido oleico, pero carecen casi por completo de vitaminas y polifenoles, todo ello como consecuencia del procesamiento industrial del que son objeto. Muchos no saben que el aceite de oliva refinado procede de un aceite de oliva que se denomina lampante, no apto para el consumo, y que es procesado mediante procedimientos físicos y químicos para obtener un “caldo” de ácido oleico que carece por completo de color, olor y sabor, y al que posteriormente se le añade un pequeño porcentaje, en torno al 5-10%, de un aceite virgen extra para que adquiera un leve color, olor y sabor que lo hagan apto para el consumo.

Como en otros tipos de productos, la oferta y la demanda dictan los precios del aceite de oliva en el mercado y, paradójicamente, se da comúnmente el caso de que la pequeña diferencia en precio entre el aceite de oliva virgen extra y el aceite de oliva refinado no refleja la enorme diferencia en calidad, siendo el aceite de oliva virgen extra un producto muy superior en todo, incluidos los aspectos saludables, al aceite de oliva refinado. Posiblemente, si el consumidor estuviera mejor informado, comprendería que unos cuantos céntimos de ahorro no justifican elegir el refinado, y el propio mercado pondría en su sitio a ambos tipos de aceite.

En nuestro hospital tenemos en marcha un ensayo de intervención con aceite de oliva en 130 personas con prediabetes, financiado por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, en el que pretendemos valorar si el aceite de oliva es capaz de aminorar la inflamación y estrés oxidativo que se sabe están presentes en las personas con prediabetes. Para ello, estamos haciendo un estudio comparativo entre los efectos del aceite de oliva virgen extra y del refinado, y en los próximos años podremos saber si parámetros tan importantes como la inflamación y el estado oxidativo son regulados de manera similar por ambos aceites. Nuestra hipótesis de partida es que no, que el virgen extra es superior al refinado, pero eso tendrán que demostrarlo los resultados del estudio.

En conclusión, la prediabetes es la silenciosa antesala de la diabetes, una enfermedad que acorta enormemente la cantidad y calidad de vida. Por tanto, el seguimiento por parte de la ciudadanía de hábitos de nutrición saludables, como la dieta Mediterránea, y la práctica regular de algún tipo de ejercicio son tanto un deber como una necesidad. A ello, también deben contribuir más las políticas de salud pública y la colaboración decidida y desinteresada de la industria alimentaria.

Por Javier Bermúdez. Investigador Senior. UGC Endocrinología y Nutrición. Hospital Regional de Málaga – IBIMA