Los hidratos de carbono o glúcidos son, junto a las grasas, la auténtica «gasolina» para nuestro organismo.

Transformados por la acción de enzimas digestivos, se almacenan en nuestro músculos y en nuestro hígado como glucógeno, y se utilizan desde el momento que hacemos un esfuerzo por mínimo que sea.

Cuando dormimos, el organismo sigue trabajando y por tanto gastando. Por eso a veces hay personas que nada más incorporarse de la cama por la mañana, se marean: están en hipoglucemia, es decir, le faltan azúcares (si no se debe a una bajada de tensión arterial).

RECUERDE: la hipoglucemia es un enemigo del embarazo

Sí; porque puede afectar al feto. Éste se aprovecha casi directamente de los depósitos de la madre y si ésta no tuviera la capacidad durante el embarazo (no en condiciones normales) de almacenar azúcares, sufriría constantes desmayos.

Por tanto hay que tomar una alimentación balanceada en glúcidos o hidratos o azúcares y no hacer ayunos prolongados. Y sobre todo en la última parte del embarazo donde los consumos, en general son mayores.

Una deficiencia en azúcares (como en grasa) en el feto conducirá a problemas de desarrollo.

Hay dos tipos de hidratos:

  • Simples: Como los azúcares de la fruta (fructosa o glucosa); los compuestos por dos moléculas, como la lactosa; la sacarosa o azúcar puro. Son los llamados azúcares rápidos, porque hacen un efecto inmediato.
  • Complejos: Aquí tenemos los cereales, el pan, las féculas y las legumbres, que contienen almidón y que por tanto han de cocerse para que se puedan asimilar bien por el aparato digestivo. Son los llamados azúcares lentos.

Los hidratos lentos son mejores que los rápidos en el embarazo. Su ingesta o consumo permite una disminución de las necesidades calóricas provinientes de las grasas y de los azúcares rápidos. Estos dos últimos son los causantes de los depósitos grasos que nos hacen engordar.

Por tanto, utilizando convenientemente los azúcares lentos y combinándolos con proteínas eficaces, podremos recurrir poco a los alimentos grasos.